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murmullos[1]


::daniel pérez espinosa::

 

La segunda vez que Alonso dijo oír los murmullos, salió corriendo hacia la puerta y la abrió. Se quedó mirando hacia el pasillo oscuro, petrificado, y cuando se giró tenía los ojos desencajados, había encogido el cuello y respiraba jadeando.
Enrique levantó las manos de la ouija y caminó hacia él, pero Luis le gritó sin moverse: “Déjalo, no queremos empezar otra vez con sus tonterías”.
Alonso había comenzado a temblar, y sus labios se agitaban convulsos. Enrique miró un momento a Luis, y después siguió caminando hacia Alonso y le sujetó por los hombros. Alonso tartamudeó sílabas inconexas, y le fallaron las piernas.
En la mesa, Luis apartó el tablero de ouija y encendió un cigarro.
“Joder, vale, dejaremos la sesión para otro día. Sois demasiado impresionables.”


Esa noche Luis durmió mal. Daba vueltas en la cama, irritado por la falta de sueño. Cada vez que por fin se quedaba dormido, se despertaba repentinamente, sobresaltado. Apenas pegó ojo en toda la noche.
Al día siguiente, por la tarde, en el salón de Luis ninguno de los tres decía palabra. De la mano de Luis, sentado en su sillón de cuero, se alzaba una columna de humo procedente de su cigarro. Se apoyaba en el respaldo y miraba al frente, con gesto irritado. Enrique permanecía sentado en una silla, con el cuerpo echado hacia delante, las manos juntas y la cabeza gacha. Alrededor de ambos daba vueltas Alonso, nervioso. Se detenía a ratos y miraba a Luis, pero no decía nada. En uno de esas paradas habló: “Lo que yo vi...”. Pero Luis le interrumpió: “No”. Alonso bajó la cabeza y miró al suelo con los ojos muy abiertos. Caminó hacia la pared de enfrente.
Enrique, en su silla, comenzó a frotarse el dorso de las manos. Alonso alzó la voz: “Pues yo lo vi, estaba allí, y lo olí. No había bebido nada, ni había esnifado, joder”.
El reloj de péndulo de la pared marcó las ocho. Alonso se quedó mirando a Luis, irritado. Luis ni le miró. Fue Enrique quien habló: “Pues yo creo que también oí algo”. Luis dio un golpe en el brazo del sofá: “ Vete a la mierda, Enrique, sólo faltaba que le siguieses la corriente”. Enrique bajó la mirada y se frotó las manos con más fuerza.
Luis dio una calada al cigarro y se llevó la mano a los ojos: “Vamos a ver, Alonso, en todos los años que llevamos haciendo ouija, nunca ha salido nada de la tabla. ¿Por qué iba a hacerlo ahora?”
“No, si lo raro es que no lo haya hecho antes”
“Me da igual. No hay nada y punto. Mañana haremos otra sesión. Y comprobaremos si hay algo. Se lo preguntaremos a la tabla”.
A Alonso le tembló el labio. Enrique bajó más la cabeza.


Por la noche, Luis se fumó un par de cigarros antes de apagar la luz. Cuando lo hizo, suspiró profundamente y cerró los ojos. Al rato los abrió. Encendió la luz y movió la cabeza a ambos lados, buscando. Se quedó en silencio unos minutos, escuchando, y volvió a apagar la luz. Unos minutos después la encendió de nuevo y se levantó de la cama bruscamente. Abrió la puerta, encendió todas las luces, y rastreó por toda la casa. Cuando por fin volvió a la habitación, caminaba despacio. Cerró la puerta y echó el pestillo. Se detuvo ante la cama, dudando, y miró debajo. Por fin se tumbó y apagó la luz. Tardó varias horas en dormirse.



 

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