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el último concierto de Aznavour[1]


::alfonso lozano::

Y sí, finalmente me encontré aquí, en el Forêt National, esperando tristemente a que un cantante triste comenzara uno de sus últimos recitales antes de retirarse. Lejos quedaba ya la mítica sala Olympia de París, de donde el compositor se había despedido hacía un par de meses y que tanto contrastaba con la leyenda – falsa – de la oscura, envuelta en cielo gris y lloviznosa Bruselas. Estaba solo, como de costumbre últimamente en las cosas que realmente quería hacer. Marisa (nombre figurado) había decidido, en su enésimo cambio de opinión (esta vez mantenido durante dos meses completos) que no vendría, desoyendo todas mis llamadas. El balance era lamentable: cuarenta y seis euros de una entrada tirados a la basura (el estúpido billete esperaba inútilmente que alguien lo utilizara en el interior de mi chaqueta) y media hora larga de búsqueda de aparcamiento, con dos intentos baldíos previos en los que algún idiota belga (algún otro idiota belga) me había recomendado que quitara el coche porque no dejaba o bien entrar o bien salir de algún sitio. Uno de ellos se atrevió a decírmelo en un español delirante, infinitamente peor que mi francés. También incluía siete u ocho llamadas a la desesperada buscando infructuosamente un partenaire: uno a uno, nadie quiso acompañarme. Internamente me alegré, pero al mismo tiempo lamenté que mi parte antisocial ganara más y más terreno.


Llevábamos cinco minutos de retraso cuando el público (ocho y treinta y cinco marcaba con precisión mi reloj), que todavía no había terminado de acomodarse (en total, unas tres cuartas partes del aforo) en esta sala setentera, incómoda, fría, con pretensiones de popularización de la cultura, tan en boga en aquellos años, empezó a pedir con aplausos más bien tímidos la presencia del octogenario. Pero hasta en esto les falta fuelle a estos sosos. Se cansaron rápidamente. Otra ola de indignación belga les asaltó exactamente a los diez minutos, ejecutada con idéntico patrón. Inmediatamente después (es de imaginar que no por la presión del respetable, sino porque los administradores de la sala adolecen de exactamente la misma falta de imaginación que el público) una voz metálica anunció que el concierto daba comienzo. Bajaron las luces y la voz profunda y armoniosa de Aznavour presenté a quien haría las veces de su telonero. Era una chica, que en la distancia aparecía muy joven. Aprecié cuando cantó que tenía una hermosa voz. Por lo que alcancé a ver – había pedido galería, la entrada más barata y el escenario era una luz difusa, muy al fondo – era guapa y rubia. Las personas somos así, nos gusta escuchar esto tan pasado de moda como la chanson française en la voz sedosa de una jovencita, aunque esta voz huela a naftalina. De Aznavour, todavía nada. Yo miraba la figura fantasmal de la joven cantante, en la fila 2, asiento 555 de la galería E, una fila que estaba sola como yo mismo. Anduve tomando algunas notas y para cuando me di cuenta, la rubia llevaba ya tres canciones.



 

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