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Un país de raras costumbres
:: Luis Sacristán ::

Me adentro tres veces por semana a las duchas de la piscina municipal de mi distrito, Tian He. Nos apelotonamos, como podemos, entre 5 y 8 personas por calle para dar energeticas brazadas que nos deslicen hasta el otro lado de los 25 metros.
Esto viene a ser una actividad mas o menos corriente en los días que corren de ejercicio constante y moderado, que nos proporcione estabilidad emocional para aguantar las presiones de la vida laboral.
En estas estoy, una vez terminado mi ejercicio, cuando salgo del agua y... OH!!!, han escupido en mis zapatillas. Os podéis imaginar los improperios que nacen de mi mente al respecto de la familia de alguno, o alguna, y que por muy elevado que sea, no solo no entiende mis palabras, sino que tampoco llegan a comprender el porqué de mi reacción. Es mas, se ríen si digo algo... este extranjero, que raro es.
Pero lo mejor me aguarda. Al llegar a las duchas, donde todos los nadadores nos relajamos tras una exhausta sesión, no es posible guardar el silencio. Todos los allí presentes comienzan su limpieza exterior, y lo que es peor, interior. Se entremezclan cantos clásicos mal entonados, con repentinos escupitajos, “sonadas” de nariz, y, aunque en menor medida, algún que otra ventosidad, que nunca esta de mas para animar el cotarro.
Intento, por todos los medios, olvidar lo que me rodea y preocuparme de mis asuntos, metiendo la cabeza bajo el agua hasta que tapa mis oídos y sumergiéndome en mis preocupaciones.
Pero lamento comunicar que, en mas una ocasión, esta medida no da los frutos deseados, por lo que solo me quedan dos opciones, unirme al enemigo, o dar por finalizada la limpieza y salir de allí como alma que lleva el diablo.
Por todos los medios, procuro que, al ponerme la ropa, esta no toque el suelo. Mayoritariamente es agua, pero tras lo que me acaba de pasar, no puedo garantizar su pureza al 100%. Así que, me pongo los pantalones y la camiseta, y salgo al exterior para calzármelas zapatillas. Y para concluir, limpio mis chancletas y me vuelvo a casa.

 

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© Luis Sacristán :: yambria :: barcelona :: 2004