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Perrita
:: Tomás Muñoz Sacristán:: [bcn 16.11.03]

Cuando la ví, dejé de leer.
Busqué el papel doblado que me servía tanto para anotar ideas como para guardar cuenta de la posición de lectura y lo coloqué entre las páginas. Entonces cerré el libro.
Nos saludamos con dos besos. Se sentó enfrente y se interesó por el libro que venía leyendo.
- Karl Popper… Suena a novela policíaca. Un nombre adecuado para un detective, de esos que resuelven los misterios a base de fumar en pipa ¿no crees? – Le sonreí la gracia mientras la escuchaba añadir. - ¿Me lo dejas ver? –
Le tendí el libro y ella lo abrió justo por el papel doblado, por donde yo leía antes de encontrarla.
- A mí no me gusta esta técnica – dijo
- ¿Cuál? – respondí yo inclinando mi cuerpo hacia ella
- Esta forma de señalar. Meter una hoja, meter un punto de lectura… Es verdad que hay algunos bonitos, pero es igual, no me gusta.
No contesté. Ella sujetó firme el libro abierto con la mano derecha, mientras que con la izquierda dobló el tramo correspondiente a la parte ya leída hasta hacer, que por la tensión, las hojas empezaran a deslizarse bajo la yema de su dedo gordo. Dosificaba la presión para que pasaran a una velocidad ralentizada, como el que busca una entrada en un diccionario, o mejor, como el que juega con uno de esos libros de dibujos que precedieron al invento del cine.
- No me gusta – insistió cuando se acabaron las hojas y el libro volvió a estar cerrado
- Serías tan amable de explicarte – la pregunté por fin, perdiendo un poco la paciencia.
Ella sonrió satisfecha al ver que conseguía sacarme de quicio. Y se exprimió (así diría un francés)
- Yo cuando leo, no uso ningún papelito para acordarme de por donde voy. A mí, lo que me gusta, es doblar una esquina de la hoja. La superior derecha.- Me miró un instante, haciendo una pausa, segura de haber descubierto un enorme misterio que necesitara ser saboreado- ¿sabes lo que supone eso?
- No –
- Eso, es ir dejando una sutil huella, un rastro delicado de mi trayectoria por el libro - las palabras las dijo cambiando la entonación, haciéndola juguetona, intentando suavizar su carga de pedantería. Pero a mí, ya me acudía a la mente la idea de una perrita, delicada, claro está, con un collar elegante, de perlas incluso, con correa de oro si se quiere, olisqueando las esquinas, reconociendo complacida su territorio. Entonces forcé la mirada para hacerla impenetrable, no fuera que ella pudiera descubrir mis pensamientos -cuando con el tiempo cojo de la estantería un libro ya leído – continuó ella - puedo hojearlo, buscar los dobleces y entonces me acuerdo de los días de aquella lectura, me traslado a aquella época. ¿Comprendes?
- A mí eso me pasa con la música. – me forcé a decir, alejando la imagen de la perrita que ahora levantaba la patita sobre un libro enorme y desbebía reflejando en su rostro un goce sin par.
- Ya – contestó. Y sencillamente me devolvió el libro.

Al bajar del tren, y aún sabiendo que era un gesto absurdo, abrí mi libro y lo olfateé por los oscuros pasillos de la RENFE. Gracias a dios no olía a nada especial, pero cuando ya estaba a punto de cerrarlo, aliviado, descubrí que la página en la que había detenido minutos antes la lectura tenía doblada la esquina superior derecha. Sí se me meo la perrita.



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© Tomás Muñoz Sacristán:: yambria :: barcelona :: 2004