corresponsalías

polémicas [risas] manifiesto enlaces yambrientos versión imprimir home
amman[1]


:: zawadi buendía ::

- ¿Crees que son felices?
- No.

Entonces me mordí los labios porque había contestado demasiado rápido. Vi sus caras sonrientes, sombreadas por el humo que salía constantemente de los tubos de escape. Son las caras del Baramke, me dije, uno de los lugares que mejor conozco de Damasco, probablemente el más sucio. Me monté en el taxi-service para volver a Amman, uno cualquiera de los muchos que esperan, durante horas, atrapar a los cuatro pasajeros que necesitan para salir o a alguno con ganas de ir más cómodo y con un bolsillo generoso. Yo ya era una habitual de entre las caras del Baramke, y el cojito que saluda siempre en mil idiomas ya tiene preparado el “hola, señorita” para darme la bienvenida a la emblemática y ronroneante estación.
Me despedí de A., que había sido mi anfitrión en mis primeros cuatro días de vuelta en Oriente Medio y salí en dirección a Jordania. Iba sentada delante, hecho que sostuve por obvio casi sin preguntar, pues era mujer y sola. Sin embargo, a uno de mis compañeros de viaje no pareció gustarle el acuerdo puesto que ya había pensado agenciarse el asiento de co-piloto y no esperaba que apareciese, a esas alturas, ninguna fémina que pretendiese viajar sin acompañante. Hasta la salida de Damasco, estuvo enzarzado en una acalorada discusión con el conductor, que se cuidó mucho de no defender abiertamente mis derechos a no ser rozada en el asiento de atrás por hombre alguno. A cambio de aquella imparcialidad, me invitó a un nescafé en la frontera y más tarde, cuando el decepcionado pasajero bajó del taxi a la entrada de Amman, aprovechó el conductor la ocasión para dejarle claro al viajero que aún quedaba en el asiento trasero – y ya de paso a mí- que, bajo ningún concepto, habría permitido que una señorita, sola, se sentase detrás. Cualquier buen musulmán era capaz de entender eso.
El caso es que durante todo aquel trayecto, ni siquiera me resultó incómoda la reacción del contrariado compañero de viaje. Muy al contrario, me sentía la espectadora de una gran obra de teatro que se había desplegado sólo para mi completo disfrute. Aquellos actores interpretaban los papeles que les habían adjudicado, cada uno el suyo, y yo simplemente observaba y aprendía alguna que otra nueva palabra en árabe. Aquellos cuatro días en Siria me habían reconciliado con la zona. Pero eso era fácil, pensé. Siria, desde el principio, produjo el efecto en mí de un elixir revitalizante. Jordania era un hueso duro de roer. Pero en aquel momento me sentía tan potente que intuí que incluso Jordania iba a doblegarse ante mi fuerza.
En mi primer año de estancia, me había dejado llevar por la decepción que penetraba, irremisiblemente y poco a poco, en todos los extranjeros que pisábamos Jordania. Porque Jordania no era lo que esperábamos...lo que nos habían contado. No era la barbarie de Irak ni las revueltas de Palestina, pero tampoco era el color de la danzante Marruecos o la alegría y el exotismo de la gran capital siria. Jordania es el gris de los sillares de piedra y es el marrón del desierto. Tiene la seriedad beduína, aligerada únicamente por el rojo de los pañuelos que los hombres se ciñen sobre las sienes. Jordania es un país de contrastes humanos. Impenetrable para el extranjero desprevenido. Sofocante y esquivo para una europea que intenta por todos los medios que le abran las puertas de ese mundo inaccesible y le permitan echar un vistazo.




 

continúa [1] [2] [3] [4]
[volver al index]