perdido perro pequeño

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un día como otro cualquiera [1]

:: zawadi buendía ::

Llegó un punto en el que se le doblaron las articulaciones de cansancio. Caída en el suelo, giró la cabeza con dificultades intentando atisbar el peligro que la perseguía desde que decidió asentarse en aquella parte de la ciudad. El frío del asfalto por la reciente lluvia le provocó un estremecimiento desde un vértice a otro de su espina dorsal.

Se oían gritos, no podía calcular la distancia exacta, si era a la vuelta de la esquina o a dos manzanas, pero aquellos gritos eran la sirena que le obligaba a levantarse y a seguir corriendo en busca de un refugio.

En el momento en que se erguía, divisó un escondrijo entre los muros de una casa abandonada, de ésas que abundaban en aquel barrio. Precisamente ésa había sido la razón de que elegiese aquel monte de la ciudad, y no otro, para ella y para sus hijos. Sus hijos, desde luego, no habían sido capaces de valorar lo que las ruinas significaban, pero para ella, aquellas casas abandonadas representaban el punto donde confluían todos sus valores vitales. Avivaban su instinto de supervivencia mientras que le recordaban la decadencia del ser humano, la posibilidad de que éste desapareciera gradualmente de los espacios que había ido invadiendo con su afán de supremacía, construyendo aquellos bloques de piedra que pretendían confundirse con obras de la naturaleza.

Se arrastró hacia las grietas, anchas, demasiado anchas, y allí esperó la tragedia o la salvación, presentía que aquél era el ataque final, el día en que iba a dejar de salir huyendo, para bien o para mal.

Los gritos se acercaban, esta vez sí estaba segura de que se encontraban a unos pocos pasos de ella. El corazón volvió a tomar revoluciones, mientras se le desmoronaban las esperanzas de pasar desapercibida. Sabía que aquellas pobres bestias, criadas en la calle, que apenas se imaginaban para qué servía un colegio y a cuyos padres ella no había visto nunca, no tenían otro objetivo aquella tarde que les disuadiera de rastrear para acabar con ella.

Mirando hacia el cielo, mientras llegaban a sus oídos las amenazas e improperios de los críos, sólo se alzaba ante ella un edificio de dos plantas, que sin parecer deshabitado, no mostraba estar tan cuidado ni poseer grandes jardines como las mansiones que coronaban el monte por aquellos alrededores. Ese edificio lo conocía, ya había merodeado por aquella esquina alguna vez y nunca le había parecido tan alto e imponente como ahora. Ella descubrió que le estaba pidiendo ayuda, pues aquella mole de piedra iba a ser el único testigo de su macabro fin. La casa, sin embargo, seguía con las ventanas cerradas, ajena o impasible a su desgracia.

No le quedaba otro recurso que rumiar su mala suerte. Se preguntó por qué estaba destinada, ella y otros como ella, a vagar sin rumbo por aquellas superficies de asfalto y polvo, a no tener otro escenario de supervivencia que ése, y sin embargo, a estar completamente marginada de él. Recordaba su infancia, cuando vivía en el valle, aún despoblado, y correteaba por la mullida alfombra de la hierba o el ruido de las hojas secas que se tronchaban al pisarlas en otoño. Recordaba el frío de entonces y que no era ella la que tenía que esforzarse por dar calor a la familia. Entonces fueron apareciendo aquellos monstruos, aquellas moles cuadradas casi idénticas, se multiplicaron a velocidades impensables y algunos colegas suyos acabaron seducidos por las ventajas que ofrecían y se instalaron en ellas. Le llegaban noticias de sus compañeros de cuando en cuando; parecían disfrutar de buena salud pero a ella le resultaban tontos como niños. No habían acabado de crecer, sus preocupaciones eran banales. El tener la vida resuelta les había hecho olvidarse de lo esencial y de los antiguos placeres, tan básicos.


 


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