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Enero en el piso


:: Iñigo de Noriega ::

Tal vez me hubiese sido más sencillo contarlo si hubiese escrito un poco cada día, como un diario, pudiendo reflejar más fielmente lo que sentía en cada momento, con las diferentes elucubraciones e ideas que se me iban ocurriendo según iban ocurriendo los eventos. También se me olvidarán las frases y los hechos estarán distorsionados. Pero no siempre tuve a mano un ordenador, o no tuve ni el tiempo ni la tranquilidad suficiente para hacerlo. Ahora parece que va a haber finalmente un desenlace, en espera de un juicio que se ha aplazado ya dos veces.


Había estado viviendo ya casi tres años en Marruecos. Mi primer trabajo. Trabajé antes casi tres meses (tres también) en Madrid, pero no creo que eso cuente. El que era mi jefe estaba siempre en el extranjero, y debí de hablar con él menos de diez veces en todo ese tiempo. En Rabat tenía casa, y me iban bastante bien las cosas en “el reino alauí”, como dicen los cursis. Me pude comprar un pequeño piso en Madrid.
Tuve dos inquilinos antes de este último. El primero era un abogado o algo parecido de Barcelona. Al final no salieron los negocios que quería su empresa, y nunca llegó a vivir en el piso. El inquilino perfecto. La segunda era una arquitecta, que dejó antes de lo imaginado el piso, sorprendida por una maternidad inesperada. Últimamente hay muchas maternidades a mi alrededor.
Estando yo en Marruecos, delegué en una empresa inmobiliaria para conseguir el inquilino, y hacer todos los trámites del alquiler. Mi madre podía firmar por mí, habiéndole dado yo un poder para ello.
Tras la inesperada marcha de mi inquilina, hubo que buscar nuevo inquilino. En verano la cosa estaba regular, y tuve que insistir bastante con los de la inmobiliaria. Cuando ya estaba volviendo a Marruecos, en Barajas me llamaron y dijeron que ya había alguien que quería entrar a vivir. Era una pareja de ecuatorianos, él trabajaba en una pequeña empresa de arreglos, y ella era ayudante de cocina. Me alegré de tener nuevamente inquilinos, me permitía poder irle comprando menos penosamente los metros cuadrados de mi casa al banco.
Al mes y medio, recibí una llamada de la arquitecta, sorprendida de recibir todavía en su cuenta facturas del gas. Yo también recibí facturas de electricidad del piso. Cambié la domiciliación de las facturas de gas a mi cuenta, y llamé al número del nuevo inquilino. A pesar de insistir varios días, siempre me respondía la voz del contestador, donde finalmente dejé un mensaje pidiendo que me pagase las facturas y que cambiase la domiciliación bancaria de los suministros.
Dos meses después, ya estaba en España, sin saber cuanto tiempo iba a durar mi estancia en Madrid, pero seguro de que iba a ser corta. No sabía cual iba a ser mi próximo destino ¿Grecia? ¿Chipre? ¿El Cairo? ¿Gales? Mejor no elucubrar, y prepararme en cuanto se supiese con más certeza.
Sorprendido, unas semanas después, recibí más facturas del piso. El alquiler si lo recibía bien, lo cual hacía menos oneroso la hipoteca. Repetí las llamadas, sin poder hablar con el inquilino, pero dejando otro mensaje. Visité el piso para dejar una carta con los detalles de lo que se me debía, y las indicaciones para cambiar las cuentas de los suministros.


 


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