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una poesía poderosa


::Tomás Muñoz Sacristán ::

Como todo joven poeta, Jeremías solo creía en una poesía que conmocionara.
Para su primera declamación envió unas invitaciones manuscritas en tinta roja exigiendo a los asistentes que se abstuvieran de ingerir alimentos en las siete horas previas. Amenazó como un profeta con una pavorosa catástrofe si no se obedecían sus instrucciones. Acudimos al acto atemorizados, pensando que quizás se nos requirieran muestras de sangre o de orina antes de entrar.
Desconozco con qué medios, Jeremías logró alquilar una antigua iglesia, oscura y pequeña en las laderas de Horta. Un guardián negro de dos metros y dos ojos te miraba fijamente cruzado en la puerta, evaluaba tu debilidad, la que deberías por lógica sentir a causa del ayuno. Si no te consideraba famélico, media vuelta.
La iglesia estaba únicamente iluminada por velas y salvo los bancos de madera, con los tablones para arrodillarse, no existía otro mobiliario. Ni esculturas de santos ni crucifijos. Calculo que debíamos ser entorno a la treintena. Cuando estuvimos todos sentados entró Jeremías, salió de un hueco tras el altar que debía corresponder a la antigua sacristía. Jeremías subió al púlpito. Sus ojos estaban encendidos, iluminados por dentro, la tensión era absoluta, religiosa, nos tenía subyugados de antemano, esperábamos un río de palabras que sanara nuestros dolores, nuestros miedos que nos pidiera más sacrificios y finalmente nos redimiera.
Jeremías comenzó:
Canelones crujientes de espalda de cabrito.
Arroz caldoso con trufas, gambas y nécoras
Pastel de hígado de pato con berenjenas asadas
Sopa de melón y jengibre con bolitas de piña y zanahoria.

Hubo varios desmayos


 



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© ::Tomás Muñoz Sacristán:: yambria :: barcelona :: 2005