perdido perro pequeño

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flores blancas[1]


::pedro lorente ::

Todos los días al levantarme era obligado mirar desde la pequeña ventana de mi habitación. Mis sentidos se despertaban esperando ser inundados de sensaciones, pero sobre todo esperando algo, algo de aquella casa.
Era como un pequeño palacio de estilo gótico, el color que lo envolvía semejaba un azul cielo, la planta de arriba estaba rodeada de balcones y terrazas que daban a sus respectivas habitaciones o así lo creo yo, columnas redondeadas y grandes ventanas que siempre permanecían cerradas.
Me asomaba y podía ver parte de una zona del jardín en la cual había una glorieta con un tejadillo de madera bien cuidado, columnas y barandas de hierro, unos farolillos que nunca vi encendidos, en otros tiempos darían luz a las noches de música y tertulia.
Sabía que allí vivía una señora, no sé si con alguien más pues nunca pude verla acompañada.
La veía cada mañana, su caminar armonioso, desprendía ternura y melancolía, era una mujer de unos sesenta años, pelo blanco grandes ojos y tez rosada, muy guapa.
Los jardines estaban rodeados con un manto blanco de Magnolias y Azucenas, entre medio asomaban los naranjos con sus colores llamativos y ese perfume a Azahar que desprendían en primavera, algún que otro almendro y Mimosas, ¿qué hacía ella sola en medio de tanta belleza?. Siempre me lo preguntaba, día tras día.
Algunas tardes escuchaba el piano, una música tierna y romántica, cuando se lo decía a mis amigos se reían de mí, allí no vivía nadie desde hacía más de cuarenta años, me decían y nunca escucharon ese piano. ¿Y la mujer? Nunca vieron entrar ni salir a nadie de la casa.

Pasaron unos años y decidí conocerla, era increíble que nadie hubiese entrado en esa casa. Golpee la aldaba de la puerta varias veces, insistí en ello pues no quería marcharme sin conseguir mi propósito, se abrió y allí estaba ella .
-¡Eres tú! Pasa te estaba esperando
-¿Me conoce?? -Yo también miro a tu ventana- me contestó.
Una casa majestuosa grandes escaleras de mármol al final de estas el retrato de un hombre joven, muebles muy antiguos adornaban cada rincón , pero era fría muy fría.
Salimos al jardín, era una mañana de primavera el blanco de las magnolias deslumbró mi vista, como una imagen celestial, me llamó la atención una inscripción que había en una fuente de la cual no cesaba de emanar agua: Hay una Sevilla de flores blancas y una Sevilla de flores de color, una Sevilla de Acacias y una Sevilla de Jaracandas.
Paseaba junto a ella, elegante y guapa, su cabello blanco se iba oscureciendo hasta llegar a un moreno intenso, sus pisadas sobre las piedras eran silenciosas como si las acariciara, no así las mías, un escalofrió intenso recorrió todo mi cuerpo, todas esas sensaciones supongo que eran consecuencia de la luz tan intensa que transmitía aquel jardín.
-Toca Usted muy bien el piano
-Hace muchos años que no lo hago, desde que él.....
-Pues yo lo he estado escuchando todos los días
-Solo recuerdos. Son solo recuerdos- susurró
Tomamos una limonada sentados en la glorieta, siempre lo había deseado, sentía que Rosario, se llamaba Rosario Alcazar, esperaba algo de mí, yo estaba allí por algo, todo tenía su sentido, pero yo estaba perdido no sabia el porqué de tantos años observando y compartiendo sus paseos por el jardín, porqué ella me esperaba, porqué nadie la conocía, ¿qué hacía allí ella sola?





 

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