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sebastián, postales cantábricas


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Sebastián es un hombre jubilado, de unos 68 años.
Es bilbaíno de nacimiento, pero cosmopolita de vida.
Sale todas las tardes a tomarse unos txakolís con unos montaditos y a la vez es realmente crítico con el regodeo folklórico de sus amigos compatriotas...

Me cuenta que fue marinero y estuvo viajando por medio mundo y que finalmente se estableció suficientemente lejos de la dictadura, en Francia, donde tuvo hijos y donde viven ahora sus nietos.
Es curioso su modo de hablar: mantiene un tono alegre acompañado por un suave aliño de pena.
A Sebastián se le murió la mujer y se sintió tan solo. Se le llenan los ojos de lágrimas e intenta cambiar de tema, piensa en algo alegre, en su vida de vuelta... de vuelta a Bilbao, donde nació y creció. Con la pensión francesa que cobra tiene para vivir en Bilbao nadando en la abundancia.

Pide otro txakolí.
El camarero, que es chino y todavía no conoce bien las medidas, se lo sirve corto, así que Sebastián, muy pedagógico, le cuenta hasta donde debe llenar el vaso.
Si es que a mí me da lo mismo, yo se lo digo porque otro igual se enfadaba... Aquí tenemos muy claras las proporciones.
Me doy cuenta de que me siento muy a gusto hablando con este buen hombre, a pesar de las reticencias iniciales que tenemos los catalanes para entablar conversación con un desconocido.
Justo ayer, el chico de Cantabria me decía que en Barcelona cuando alguien nos habla somos todos muy correctos y educados, respondemos pero somos incapaces de iniciar una conversación porque pensamos qué va a querer ahora este bicho raro?!.
Me río sola ante esta gran verdad.

Creo que Sebastián hace mucho tiempo que sólo habla sobre temas que en cierto modo le aburren. Noto que le encanta explicarme lo que piensa de las diferencias culturales en España y en las distintas partes del mundo en donde vivió; sobre el Euskadi que tanto quiere y sobre la Francia que tanto ha vivido.

Pide otro txakolí. Esta vez, el camarero chino es más generoso. Me pide permiso para pagar mi cerveza y pide también un bocadillo para llevárselo a casa. No tardará en irse.
Seguimos hablando de mil cosas, de historia, de su vida, de cómo se adapta a las nuevas formas de vida...

El camarero, tan tacaño antes, le invita a un patxarán...
Pero si yo ya me iba!
Llega un amigo suyo y hablan unos segundos. El hombre, abrumado con mi presencia, se va hacia otra parte del bar.
Veo que se hace tarde, he quedado con Núria y Joseba para que me sigan instruyendo en el ocio bilbaíno.
Me despido de Sebastián y se queda medio triste. Me desea unas felices vacaciones y que me vaya todo muy bien.
Yo también le deseo que le vaya todo muy bien.

Salgo del bar más kitsch que he conocido con una sensación extraña: reconozco que me sabe mal que Sebastián no se vaya a casa a cenar su bocadillo y a dormir la mona, pero automáticamente me reprendo por mi doble moral: de alguna manera Sebastián y yo somos bastante parecidos. Yo también seguiré bebiendo con mis amigos y hablando de temas más relajados.

Y yo también seguiré viajando sola.



 


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