perdido perro pequeño

polémicas [risas] manifiesto enlaces yambrientos versión imprimir home


salinger


::tomás muñoz sacristán::


Mi vida de rata solitaria (y ahora encima magullada) encuentra su único placer constante en la lectura. Me reconozco como una máquina limpiadora de fondos de piscina que solo puede funcionar sumergida en el agua. Si por una imprudencia la sacaras y se metiera aire en su mecanismo, se estropearía irremisiblemente. Yo leo igual que el artefacto absorbe agua, para estar lleno, y lo mismo que en sus filtros se acumula la broza, las hojas muertas, en mí se acumulan anécdotas, curiosidades y ensoñaciones de conocimientos. Tengo que incidir en este punto. No leo para aprender nada. Eso requeriría otra disposición, repasar, analizar, desmenuzar, digerir. Leo para soñar que aprendo. Son cosas mías, lo reconozco y puestos a reconocer también admito que leo para darme carrerilla y ponerme a escribir, soltando unas gotas de agua que siento propias. (Una manguera que se recoge y se enrolla una vez cerrado el grifo.)
Acabo de terminar un libro de Salinger, un libro que es el centro de esta historia.
Ya digo que no conviene que entre aire en la maquinaria y por ese motivo cuando me desplazo a alguna parte siempre llevo un libro conmigo. Por la calle lo sujeto cerrado en la mano, voy leyendo los carteles, los anuncios, pero al entrar en el metro… Primero confesar un vicio, en el metro, cuando hay varios asientos libres, siempre elijo sentarme al lado de alguna persona que vaya leyendo. Me doy cuenta de que esto a veces genera incomodidad, si es el caso de ir el vagón medio vacío y yo sentarme junto a un viajero cuando podría haber elegido otro lugar sin vecinos. En ocasiones se levantan, molestos, heridos en sus derechos de ciudadanos. Si se van yo les ignoro, me sumerjo en mi libro, pero si no se van siempre sucumbo a mi vicio de echar una ojeadita a la lectura que llevan entre manos.
Hoy ha sido el día que mi vicio se ha iluminado como un mesías largo tiempo anhelado y mi ineptitud lo ha dejado marchar. Me siento al lado de una chica joven, abro mi libro de Salinger por la página 112, leo la anécdota de la entrega de los abrigos de Seymour, levanto la vista, la redirijo con un leve giro de cabeza al regazo de mi vecina y con un temblor de mi viejo corazón de rata solitaria descubro la misma página 112, los mismos sombreros distribuidos sin error a sus dueños por un niño de ocho años. Reconozco, que poseído por un censurable acceso de locura del que me arrepentí al instante, cogí a la chica por la barbilla, la gire y la estampé un beso en los labios. Pude besarla porque la pillé absolutamente desprevenida, pero en cuanto despegué mis labios reaccionó con un grito histérico y después ¡Qué coño hace! Se levantó de un salto, la recorrían calambres nerviosos de asco como los que tenía mi hermana cuando le tiraba encima algún insecto. ¡Puto pervertido! ¡Puto pervertido! Su libro había caído al suelo, yo me incliné para recogerlo y tratar de enseñarle que era igual que el mío y una vez que se calmara le señalaría que no era esa la única coincidencia, que la más importante es que estabamos leyendo la misma página, la 112, pero ella, creo que con la misma reacción frenética que hubiera impulsado a mi hermana a aplastar al maldito bicho, me propinó un puntapié en la cara. He de admitir que fue muy precisa, que no pagaron justos por pecadores. Me rompió el labio. Yo la perdoné. La entendía, me avergonzaba de haberla besado, de no haber sabido reprimir mi alegría y me esforcé porque escuchara mis explicaciones, pero la muchacha se asustó al verme sangrar, dio un paso atrás, acercándose a las puertas, deseando que el tren se detuviera para echar a correr, y no escuchaba las palabras que yo intentaba pronunciar y que salían de mi boca manchadas, en un borboteo rojo de pequeña erupción volcánica. La hablaba sujetando los dos libros, uno en cada mano, con el aspecto mártir de un vendedor de biblias mormonas, fiel a su credo. ¡ Es que no ves que los libros son iguales! La grité desgarrado, intuyendo que iba a perderla en cuanto el vagón entrara en la luz amarillenta de la estación. ¡ Mira! ¡Estábamos leyendo la misma página!.
El tren se detuvo con un frenazo seco. Las puertas se abrieron. La chica me miró hasta el último segundo asustada por si al girarse pudiera saltarle encima y atacarla con un cuchillo. Huyó. El pitido intermitente precedió al cierre de las puertas y al arranque del tren, saqué un pañuelo del bolsillo para limpiarme la sangre. Abrí mi libro por la página en la que lo había dejado. La gente fue llenando el vagón en las sucesivas estaciones. Todos los viajeros rehuían mi cercanía probablemente a causa del pañuelo ensangrentado que mantenía sobre la boca taponando la herida. Por fin otra chica joven vino a sentarse a mi lado. Yo le avisé que había un sitio libre y ella me lo agradeció y lo ocupó. Llevaba un bolso rojo con dos cremalleras, sin bajar la cabeza abrió una de ellas y sacó un libro. Se lo colocó sobre el regazo, buscó el trozo de papel que sobresalía entre sus hojas, lo abrió por allí y prosiguió la lectura acariciando la superficie de las hojas con la yema de los dedos. Quizás fuera una jugada de mi destino y estuviera también leyendo a Salinger. En Braile. Las estaciones se sucedían. Con el labio palpitándome aún, me levanté al llegar a mi parada y me apreté contra la puerta, rumiando todo el rato una frase que no me atreví a pronunciar.
“Disculpe la intromisión señorita, ¿no estará usted leyendo a Salinger?”



[volver al index]

© ::tomás muñoz sacristán:: habla@yambria.org :: madrid:: 2005