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"escuela de emociones"

: sonia oquendo::

Ante el inesperado reto de escribir acerca de la lectura, como persona incrédula que me declaro, me resistía a creer que ya no se lee. Decidí aplicar el dudoso encanto de las encuestas. Hablar con datos empíricos en la mano me daría la clave de todo y una cierta autoridad, así nadie me tacharía de “anticonstitucionalista”, que es lo que está de moda. Mi encuesta científica se basaba en dos únicas preguntas: ¿Tienes algún libro entre manos? Y en caso afirmativo procederíamos a la segunda y última cuestión ¿Cuál?
Elegí como unidad de medida a diez amigos de la infancia, ¿por qué no? pensé, al fin y al cabo todos están estudiando, motivo por el cual -yo pensaba- deberían estar familiarizados con lecturas de sus gustos, y así podría echar por tierra todos los argumentos de aquéllos que piensan que hoy sólo se leen los titulares de la Interviú. El reto se convirtió en una obsesión.
Seré rápida y sincera. Sólo cuatro personas, de las diez a las que pregunté, tenía un libro entre manos. Y de estas cuatro, una de ellas no se acordaba ni del título de su libro y el resto me habló de títulos que me estremecieron… Pero contabilizan como personas que leen, ¡qué quede claro!
Por suerte, tan sólo una persona declaró –bajo off the record- que leía los titulares de Interviú. Ante estos resultados, me sentí desolada. Los libros son espejos, sólo somos capaces de ver en ellos lo que nosotros mismos ya llevamos dentro, leí una vez. Me resistí a pensar qué llevaban mis compañeros dentro, pero comprendí que el arte de leer está muriendo lentamente, que ese ritual íntimo, especial y sagrado, en el que ponemos toda nuestra razón, pasión y alma está perdiendo toda razón de ser. La lectura tiene un poder único y exclusivo, cuando tenemos un libro entre manos es sólo nuestro ya no es de nadie más, ni de Dickens, ni de Flaubert, ni de Saramago, ni de Marcel Proust, es sólo nuestro. Sus palabras traspasan la frontera de lo personal para ser ahora nuestras. A lo largo de la vida vamos dejando espacios imposibles de rellenar, hasta que cambiamos de libro, es decir de experiencia, de sentimientos y por tanto de sensaciones.
La literatura es una escuela de emociones, tal y como afirma el escritor Vicent Salvador. En ella encontramos las pasiones jamás confesadas, las miserias, las contradicciones que llevamos dentro, el desengaño, la soledad, las ilusiones, la esperanza. A parte de tener una función didáctica y transmitir conocimientos, también conserva la memoria colectiva y alimenta el imaginario mediante la creación de mundos alternativos, en definitiva educa nuestras emociones.
Joan Fuster dijo “La rosa, sense la literatura que li ha caigut a sobre, només seria una col petita, insípida i de colors enganyadors”. Pero, ¿somos conscientes de este poder anónimo que tiene la literatura? Soy sincera si les digo que es el único poder que conozco sin ánimo de lucro, el único poder que per se no puede ser corrupto. Si la rosa no hubiera sido tratada en este mundo sería algo insípido, sin sustancia, no sabríamos valorar ese pétalo y posiblemente no hubiera sido la protagonista en tantos momentos en nuestras vidas.
La lectura es eso, ir a buscarla. Encontrar en ella lo que nos quedó de ese viaje, de ese beso o de esa decepción. Es un viaje con destino a Ítaca. Konstandinos Kavafis escribió “cuando salgas en el viaje hacia Ítaca desea que el camino sea largo, pleno de aventuras y de conocimientos”. A esos diez amigos, que voluntariamente fueron objeto de mi estudio, y todo aquel que se declare (des)lector, les invito a un viaje eterno por la lectura con destino a Ítaca, o a cualquier lugar donde encuentren esa escuela de emociones.




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