relatos del yugo

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defensa de un vago


::carlos torrez::

Durante los primeros días del mes de enero y finales de agosto cientos de trabajadores temporales van al paro. Yo fui uno de ellos. Y el tiempo que por fin era mío lo malgaste en el bar de la estación. Lugar propicio para beber con cualquiera.
Su nombre era Teo o Said, no lo recuerdo, nuestra situación era la misma. Solo saqué mi grabadora y la puse a andar después de unos cuantos encuentros cuando apareció el nombre de Melville.

Trascribo literalmente lo que dijo:

–Justo antes de la recaída producto de la afección del paro (único instante de tiempo para nosotros) nos asimos en busca del equilibrio, para alcanzarlo solo hay un secreto: someterse. Aceptad un yugo nos repiten, y seréis felices; sed algo y os librareis de vuestras penas. ¡Olvidad a Jonás, abandonad la vida en el estomago de la ballena y os darán un titulo sobre vuestra nada! –gritó–.
Con dos minutos en la caverna sólo tendréis, funcionarios de la respiración, el currículum falso, el master y el postgrado, la beca y el concurso; perfeccionamiento de las generosidades vulgares para observar como la vida transcurre en otra parte. Abogados, dependientas, furcias, Arquitectos, maricas, ingenieros, chulos, artistas... Corruptores del tiempo. No necesito vuestra indulgencia, vosotros no pero yo si tuve la decencia de gritar: ¡NO QUIERO HACER NADA! Además, nadie lo es con un espíritu liberado de los actos, sedlo con un asesino, con un loco, pero no con un vago que tiene bien agarrado algo en el fundillo-.

No importa si sus palabras imbuyeron de alcohol. En ellas podemos encontrar un discurso recompuesto de algunos pensadores, yo encontré algo de Cioran. Al caso todas las voces se organizan de igual forma (los textos no hacen más que glosarse los unos a los otros); fragmentos que convergen para estallar en un Big-Bang de lo social y que como en la misma creación del universo tendrán que converger en el nuevo estallido de una huida, una renuncia, un exterminio, otras palabras o acción desahogando a alguien...

Con teo o Said tampoco hablamos de libros, el nombre de Melville que puso a andar la grabadora surgió al tratar de recodar el nombre de un sitio que olvidamos.
No volví a la estación y no necesité preguntarme si fue sus palabras; lo volví a ver enfundado en uniforme del ayuntamiento, con una guadaña al hombro recorriendo el bordillo de la general.


 



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© ::carlos torrez:: habla@yambria.org :: new york:: 2006